Tlaltecuhtli

Reflexionando acerca de la muerte entre los mexicas me percaté de algo interesante: entre el momento de la muerte y el viaje al destino final había un rito de paso que había pasado desapercibido: la acción devoradora y paridora de Tlaltecuhtli.

 

Se trataba, una vez más, de la presencia de la dualidad vida-muerte. En efecto, la dios terrestre era la gran devoradora de los cadáveres y muchas evidencias tenemos de ellos en relatos y códices. Pero al mismo tiempo que se come a los muertos, los va a parir hacia su lugar de destino. En tanto que sus grandes fauces están prestas a su acción devoradora, sus piernas abiertas en posición de parto son preludio de que las esencias de las personas muertas irán al destino que se les depara después de la muerte según la manera en que murió el individuo. Acudo aquí al relato que leemos en el Códice Borgia, lám. 39, cuando se refiere a la diosa y los soles nocturnos y que se describe así:

 

Allí entran los sacerdotes,

flanqueados por las sacerdotisas de Ciuacóatl,

todas con cuchillos en las manos, listas para el sacrificio.

Porque allí, en medio del patio hundido,

está acostado el enorme Sol Nocturno,

que canta y vive, y que es como una parturienta.

Su cuerpo es la oscuridad inmensa, devoradora,

con ojos y dientes en las articulaciones,

con manos y pies de jaguar, con poder de naual.

 

Ésta es, pues, la imagen viva de la diosa terrestre.

 

Eduardo Matos Moctezuma

Maestro en ciencias antropológicas, especializado en arqueología y profesor emérito del INAH.

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